martes, 11 de febrero de 2014

Canción de Navidad

«Las sedientas almas en el vino revivificante del pasado, el pasado patético, el bello pasado, el querido y lamentado pasado».  Mark Twain.


Llega un momento en la vida de cualquiera, en la que por un motivo u otro tenemos que  encarar un viejo álbum de fotos, en el caso de los más románticos, o las fotos antiguas de Facebook, en el caso de los menos. 

Lo que es común a todos los hombres modernos, poco habituados a volver la vista al pasado, es que dicho ritual nos produce un crisol de sensaciones que nos zarandea y engulle en una marea de recuerdos hasta llegar a duras penas a una pequeña cala. En ella nos sentamos sobre la húmeda arena y respiramos al fin, un poco más reconciliados  con nuestro pasado. 

Y es que al volver sobre nuestros pasos y desandar sobre nuestras huellas, cada vez más pequeñas, nos imbuye una nostalgia peregrina, nos enternecemos al reparar en aquel muchachito inocente, en el adolescente desubicado, en el joven presuntuoso... Poco a poco, en las etapas en las que el tiempo aún no ha cumplido su función catártica, eclosionan la melancolía y el reproche sobre lo que se pudo hacer, y en consecuencia lo que pudo haber sido. No somos conscientes, hasta mucho tiempo después, de que esos errores configuraron en su día a la persona que como el Señor Scrooge, revive los hechos difuminados del tiempo  con la mirada taimada por la experiencia concebida gracias a ellos. Y es que de lo que nos arrepentimos, no es de haber fallado, sino de no haber fallado antes, de que por culpa de no haber vivido, perdimos en el pasado, presente y futuro lo que casi tuvimos.

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